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jueves, 13 de marzo de 2014

Pablo del Corro - Palabras en el agua





IV



Esta tierra no es
tuya
porque no sabe
cuánto
has llorado.
Tus lágrimas
nunca
llegaron al suelo.






Justito ahí



Estás del otro lado del mundo
De tal manera que
si aquí es de día, allá anochece
Y así, en cada amanecer, despierto
sin llegar a decirte
“hasta mañana” o “buenas noches”
Un instante antes del soliloquio
o bien te has ido, o te has dormido
Entonces ya no te encuentro. No te veo.
No te busco, por más que vos
me sigas esperando
del otro lado del mundo.




Como abrir un libro


Vas a entrar a un mundo que no es tuyo.
A cosas que no te pertenecen.
Un espacio privado abierto solo
a tu curiosidad
Es fácil hurgar en las heridas de la vida
de otro.
-Como abrir un libro-
Pero antes, contestame la pregunta
del millón:
Si no me querés
¿para qué me querés?






jueves, 17 de octubre de 2013

Ajedrez - Pablo del Corro






No es azar si te toca siempre el peón negro. Es una fatalidad, como el amor.
Por eso nunca moviste primero. Son las reglas de un juego que da ventajas
al más inteligente.
Cuando uno ataca, el otro se defiende. Cuando uno avanza, el otro, retrocede.
En cada descuido, una pérdida brutal.
La ingenuidad de tus Peones es lo que ha hecho que cayeran uno por uno.
Después los Alfiles. Y con ellos, tu confianza. La desesperación te lleva
a poner en juego los Caballos, sin medir las consecuencias. Es la vorágine
de la vida, en un campo de batalla. Se decide sobre la marcha.
Tu parte animal, diezmada. La integridad, en endechas. Has jurado defender
la Dama hasta las últimas consecuencias, jamás abandonarla. Antes, muerto.
Pero qué esperabas: tus filas abatidas; tu reino en llamas; la terquedad de
defender lo indefendible; el orgullo de elegir siempre morir de pie.
La decisión equivocada. Las sospechas. Ella se fue mucho antes de que
cedieran tus murallas. Huyó, como las ratas, entre las ratas de las cloacas
del palacio. Escapó a tiempo... Ahora estás cercado por los días. Un último
enroque te permitió sobrevivir protegido entre dos torres, en el único cubículo
posible. Una de ellas deja entrar el sol en las mañanas. Estás tramando algo
con lo poco que salvaste: papel y lápiz; y algunas palabras importantes.
Afuera, el enemigo ha montado una atalaya. En lo más alto, tu reloj.
Adentro, dos opciones: seguir escribiendo, y que revienten. O salirte del tablero.